viernes, 4 de abril de 2014

ESCONDIDO


         Ceferino había terminado de cargar el viejo carretón. Toda la familia había ayudado en la labor, desde temprano. Ño Nemesio –su padre- por primera vez lo enviaba a negociar el trabajo de la temporada de toda la familia y cuya venta serviría para vivir hasta la próxima.
Después de la destacada participación del muchacho en varios combates acompañando al Comandante Francisco Ramírez cuando debieron defender la provincia de varias invasiones porteñas, Ño Nemesio había incorporado a Ceferino como a un socio más. Seguramente el respeto ganado, lo había llenado de orgullo y ese era su reconocimiento. Tal vez porque veía en Ceferino, su hijo de solo 17 años, lo que nunca tuvo el valor de hacer él mismo.
Terminada la tarea, una y mil recomendaciones, antes de que partiera para la Villa del Arroyo de la China.
- Mirá qel gallego Don Manuel, está muy acriollado, pero es muy ladino y te va queré joder. No le peles que te pese las pieles, cobrale por cada una… y otra, y otra y otra recomendación mas.
Por primera vez Ño Nemesio, confiaba todos y cada uno de sus secretos.
Cuando partió, Ceferino sintió la responsabilidad de que todo el trabajo de un año de su familia estaba en sus manos, pero no tuvo miedo.
Desde el rancho, que estaba en un recodo frente al río al norte de la Villa, tenía una buena cantidad de tiempo de viaje hasta su destino. Iba montado en su petiso retacón, acompañando el pesado carretón tirado por el viejo caballo de tiro a quien conducía con órdenes precisas o con alguno que otro golpe. El sol ya se había escondido cuando llegó.
Ni bien divisó la pulpería hacía allí se dirigió. Cuando traspuso la entrada se dio cuenta de que el clima no era el mejor. El bullicio de siempre, se había convertido en susurros a media voz. Comentarios. Preocupación.
Los portugueses avanzaban sobre la ciudad y pese a que el Comandante Artigas mantenía acorraladas a las tropas lusitanas del general Lecor en Montevideo, éste había enviado una goleta artillada transportando tropas a remontar el Rio Uruguay con rumbo a la ciudad para tomarla.
Francisco Ramírez, comandante militar de la plaza, había dispuesto la defensa. La ayuda de Gorgonio Aguiar (lugarteniente de Artigas) era fundamental. Mientras Ramírez se movilizaba con sus jinetes, el oriental instaló dos baterías: una a la altura de Paso Vera[ii] y la otra en la desembocadura del arroyo Perucho Verna. Además había dispuesto las modestas embarcaciones de la flota artiguista en forma tal que permitieran una eventual defensa.
Ese era el escenario que palpitaba el poblado cuando Ceferino (que había estado completamente ajeno a él) decidió hacer el negocio. Pensó que una derrota y saqueo, le restaría posibilidades comerciales y que –en definitiva- era más fácil esconder el dinero, que la carga. No fue un buen negocio y el gallego, si bien hizo mérito a su fama de rápido y aprovechado, también temía lo que podía pasar.
Ceferino cumplió con la referencia de mínima que le había dado Ño Nemesio y pensó que eso ya era todo un triunfo.
Terminado el negocio, Don Manuel miró al muchacho y se apiadó de él.
Le dijo:
- ¿Por qué no se queda, mijo, a dormir por acá? La cosa esta fea y no vaya a ser cosa que pase lo pior. En el fondo tengo un sótano, un pozo grandecito, donde hay algunas cosas que usté no deberá tocar, pero que tiene lugar suficiente como para que se acomode sin problemas.
Ceferino le agradeció y decidió hacer caso al consejo, teniendo en cuenta que –mas allá de su propia vida- estaba la importancia del valor que tenía para la subsistencia de toda su familia el producto de la venta que acababa de hacer.
Siguiendo las indicaciones de Don Manuel, se acomodó en el precario pero bien disimulado lugar que tenía el boliche.
La noche deparaba un momento aciago para la vida de la modesta villa. Las fuerzas portuguesas que venían por el río, se vieron reforzadas por otras terrestres al mando del coronel Bento Ribeiro (que había tomado Paysandú). Los lusitanos cruzaron sigilosamente a nado el Rio Uruguay en mitad de la noche y sorprendieron por la retaguardia a Gorgonio Aguiar y a su tropa, tomándolos prisioneros y anulando las baterías de defensa. Ramírez se tuvo que retirar precipitadamente, para tratar de hacerse fuerte en su cuartel general de Calá[iii]. Pero la Villa quedó indefensa. Las calles desiertas. Las casas cerradas. La oscuridad y el silencio total reinaban presagiando lo peor.
Los portugueses ingresaron y atropelladamente llenaron sus alforjas saqueando, pero -también- violando y realizando todos los destrozos que pudieron.
En el medio de la noche, Ceferino se vio sorprendido por una precipitada intrusión en su reducido escondrijo. Dorotea, la joven esclava negra, que limpia, sirve y ayuda a Don Manuel en el resto de las tareas de la pulpería, fue literalmente empujada dentro del sucucho para esconderla pocos minutos antes de la irrupción de los invasores. Los que siguió después fue atroz. Tiros, maldiciones, gritos, llantos. De todo alcanzaban a escuchar los jóvenes ocultos y tiritando de miedo, mientras trataban de no hacer el más mínimo ruido que los descubriera.
Al principio distancia. Después cercanía. Más adelante un abrazo, tal vez de consuelo, de protección o solo de miedo (mucho miedo) los fue juntando, uniendo, pegando, como si fueran un solo cuerpo. Finalmente las hormonas hicieron lo suyo.
Concepción del Uruguay vivía una de las noches más negras de su novel historia cuando Ceferino se introdujo dentro de aquel cuerpo desconocido e incitante.
Mientras la Villa enfrentaba una total derrota, él conoció –por primera vez- el amor. Fue su noche de gloria.


[i] Este cuento esta incluído en el material del libro “De aquí, de allá y de mi abuelo también (y va con yapa)”, editado en diciembre de 2011.
[ii] Las baterías con que se contaban eran las que se habían arrebatado al ejército porteño del coronel Marcos Balcarce, en la batalla de Saucecito pocos meses atrás.
[iii] El Cuartel General de Calá se ubicaba a la vera del arroyo del mismo nombre (afluente este del Río Gualeguay), y el mismo fue establecido por Francisco Ramírez para reunir su primer ejercito por orden de la comandancia de Concepción del Uruguay (Artigas), que le ordena que «forme un cuerpo de voluntarios para hacer frente a la fuerzas mandadas desde Buenos Aires por el Directorio para tomar Gualeguay y Gualeguaychú». Años mas tarde, en ese mismo lugar, Urquiza concentró aquellas caballerías entrerrianas que salieron a realizar diferentes campañas, incluso la que culminó en la batalla de Caseros. En este campamento (en donde actualmente se levanta un monolito), Urquiza estableció el polvorín. Allí había un pequeño poblado, en el que existían herrería, carpintería, escuela, iglesia, carnicería, almacén; todo esto desaparece luego de la muerte de Urquiza (11/04/1870). A raíz de ese acontecimiento, (la muerte de Urquiza), se hace volar el polvorín, y desaparecer las armas arrojándolas al arroyo Calá. De ahí que aun se encuentren balas y armas (cañones, fusiles, sables). Donde existió dicho campamento, luego se levantó la actual Villa Rocamora, a mitad de camino -por la actual ruta 39- entre las ciudades de Basavilbaso y Rosario del Tala.

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